Voluntarios

Hace poco iba  con mi silla subiendo el Paseo de la Independencia de Zaragoza. Iba con cierta precaución porque siempre he tenido miedo de que me atropelle alguien que esté consultando su móvil por algo que, seguro,  no puede esperar. Desde hace poco. conviven, además, en el Paseo, testigos de Jehová, peatones con móvil, y voluntarios de organizaciones caritativas en busca de socios.

Me referiré a estos voluntarios pues fui atropellado por uno de ellos. Era un día cualquiera, yo subía temprano al fisio, y a lo lejos vi a un voluntario de Intermon-Oxfam persiguiendo a una señora para que se hiciera socia. Yo seguí mi camino, él ni me vio, y se me cayó encima, yo aún me disculpé y él no dijo nada, se levantó y se fue.

Como el lector puede imaginar me quedé bastante fresco. En fin…

Enseguida lie esta situación a algo que hemos vivido o vivimos todo. Este joven no está en la calle por gusto (creo) le pagan algo (poco) por cada socio que hace, eso es como quien tiene un bonus anual que depende del producto que vende o de los números que hace. Sucede que venderá a cualquier precio ya que quiere cambiarse de coche o lo que sea. Sucede que venderá cosas que ni entiende, que, quizá, no son muy buenas para el cliente, pero bueno se entiende que no hay que decirlo todo, que perder la venta y ver minorado el bonus es de tontos.

Es lo que nos ha pasado a todos con la crisis. Desde los bancos se ha querido crecer y se han ofrecido bonus sustanciosos a sus empleados y nuevos y raros productos bancarios. Los empleados, para obtener el bonus, vendían lo que fuera. Muchos clientes, con tal de obtener ganancias, compraban lo que no entendían. Y así hasta que todo explotó.

Es una avaricia global, y volveremos a ella con independencia de la posición del arco político en que nos situemos. De hecho, en el caso de las tarjetas black, ha habido gente de todos los colores políticos imaginables y es que el dinero es lo que es. La avaricia es algo previo, e ínsito al ser humano, es uno de los antes llamados “pecados capitales”. Sobre la avaricia no se reflexiona y la tenemos todos, con independencia de nuestras ideas políticas.

Si somos inconscientes a que somos de natural avariciosos, si no tenemos medido el grado en que lo somos, ni sabemos qué cosas desatan nuestra avaricia, lo veremos todo normal y atropellaremos todo lo que se interponga en nuestro camino con tal de obtener nuestro objetivo.

Para este voluntario había que conseguir socios y lo demás no existía, ni lo consideraba. Lo malo, para mi, es que entre “lo demás” estaba yo en ese caso.

 

La enfermedad

Una amiga/pariente me dice que hable sobre la enfermedad y creo que es el momento. Como, hasta el momento, sigo negativizando, diré, previamente, que en 2003 me debutó una glomerulonefritis membranosa que negativizó en 2005, repuntó en 2009, negativizó en junio de 2012 y, de momento, sigue así. Es una enfermedad que afecta a los riñones, filtran mal echando la proteína en la orina, no en sangre con lo cual se provoca una fiesta de proteinuria, exceso de colesterol y triglicéridos, edemas, etc… En fin, de momento, libre.

En julio de 2012 saqué el farol del Rosario de mi pueblo, cosa que hacía desde los 13 años y había cumplido 45, iba con regularidad al gimnasio y corría. El farol pesa 15Kg, se lleva sobre un palo y requiere equilibrio y fuerza normales, nada altos. El caso es que me vi mal de equilibrio y sudé mucho. Me quedé un poco extrañado, pero seguí haciendo vida normal, tenía algún mareo pero no le daba importancia, además, cambiando unas bombillas encima de un colchón, las piernas se me movían y no las podía parar, botaba, eso me preocupó más pero yo seguía. En julio de 2013 casi estampo el farol, ya no lo llevé más. Ese verano iba más mareado pero lo achacaba a tensión baja.

En semana santa de 2014 iba tan mareado que me miré la tensión y era normal. En julio de 2014 dejé de correr pues me caía si miraba a los lados. Dormía mal, lo achaqué todo a mis pertinentes vegetaciones de las que me operé, en octubre de 2014, dormí mejor pero seguía igual.

En septiembre de 2014 me empecé a mirar pero lo último era el neurólogo, que me vio en noviembre, me mandó hacer scaner, me vio en diciembre y vio una ataxia cerebelosa clara. En principio parecía lentamente progresiva, causa: no se intuía. En febrero de 2015 fui al fisio pero iba caminando más bien normal. En julio de 2015, durante una semana, me ingresaron en Zaragoza para pruebas médicas para ver si mi ataxia era autoinmune como la glomerulonefritis pero no salió nada.

Yo continué trabajando normal pero ya a finales de julio, para ir a una comida, mi socio, del que dependía en el despacho, me echó una mano para ir y volver. En agosto hizo lo propio mi cuñado sin decir nada. El 6 de octubre de 2015, por insistencia de mi mujer, me cogí la baja y me fui de médicos a Barcelona y Madrid, la conclusión fue ataxia cerebelosa multisistémica, causa: no se sabe, tratamiento: no hay; pronóstico: progresa despacio hasta el final ( entre 9 o 15 años desde los primeros síntomas) y se van desconectando sistemas vitales, primero afecta al equilibrio y al habla.

He ido, poco a poco, a peor tanto en el habla como en el equilibrio. Desde noviembre de 2016, tras caídas varias, voy en silla de ruedas.

Desde diciembre de 2016, la Seguridad Social me dio la incapacidad absoluta permanente.

Desde septiembre de 2016 dejé el gimnasio, voy a Piscina adaptada, un día, dos días con fisio en seco, uno a logopeda, otro a xilografía japonesa (por las manos) y otro a yoga. Es por mantenerse en la medida de lo posible.

Escribo en dos medios de comunicación digitales, en un libro cuya edición me regaló mi despacho y que tengo que redactar, y en este blog.

Y nada más.

Esta es, básicamente y sin entrar en detalles, mi enfermedad, poco simpática, como se ve, con ella convivo hace años, a veces me lo pone difícil. Ha veces lo vivo bien gracias al apoyo de mi mujer y mi hija y de la familia extensa.

Si tengo algún día escudo heráldico me podré al avestruz porque no afronté el problema hasta que era muy evidente. Lo que pasa es que es sin remedio, y eso que en 2015 acudí a dos mercachifles. El primero sin estudios pero, decía él, transmitía energía con las manos, y, curiosamente, sólo se le había muerto un amigo mío que tenía cáncer. Me dijo que yo no tenía nada, menos mal. Me comentó si después de imponerme las manos olía a rosas o así, yo le dije que sólo olía a tabaco, y él era fumador empedernido. Menos mal que cobraba si te curaba, o sea que sólo perdí el tiempo.

Lo peor fue su compañera que era psicóloga, digo su compañera porque, en medio de la “terapia”, se lió con él dejando marido e hijos, dejémoslo ahí.

Desde octubre de 2015 sólo voy de médicos, en enero de 2016 cambié de neurólogo por otro porque el que tenía era tremendamente gilipollas, ahora el que tengo es muy simpático y no es partidario de buscar tratamientos que no existen y me van a poner genial, ya que no me voy a poner bien, por lo menos me rio.

A veces la gente que me conoce me dice cosas inmerecidas, esto te toca igual que me tocó entrar en un gran despacho como Cuatrecasas. Lo que sucede es que hay cosas que te tomas bien y el riesgo de volverte idiota es mayor, y hay cosas difíciles que, por contra, tienen menos riesgo, o sea, que se igualan. La cuestión estriba en caer, o no, en la zona de riesgo.

En el post anterior hablaba de testimonio, es decir, yo llevo mi vida y cada cual que saque sus conclusiones si le sirve de algo, pero yo no soy ejemplo de nada. Soy un tío que ha tenido mucha suerte en la vida y que, ahora que vienen mal dadas, tiene el apoyo de su mujer y su hija, podría quejarme etc…. ¿a quién? y ¿sirve de algo? además es muy aburrido y ya me quejo con tontadas, además mi familia no me deja.

O sea, cada cual que piense lo que quiera y si le sirvo de algo pues mejor.

 

 

Testimonio

Dos amigos me han pedido que vaya a ver a gente. que ellos conocen, a hablar. La verdad es que, al principio del verano, no sabía qué decir, hoy más o menos. Me veía un poco sobrepasado y, todo hay que decirlo, con la voz que me queda, justo para hablar en un auditorio, quizá fuera vanidad pues siempre la he tenido y cultivado y algo queda. Ahora entiendo que con ver a un tío que vive y es feliz la gente tiene bastante para pensar, da igual lo que yo diga, cada cual se aplica el caso a lo suyo.

Uno se cree muy original y ahora toca no serlo, no ser nada y perder la individualidad. Dejarse querer y dejarse hacer. La verdad es que lo que más me cuesta es pasar de la independencia a la dependencia. Primero fue dejar de conducir, no fuera que… y dejar de juzgar a los conductores que me llevaban, luego fue dejar de trabajar, todo eso lo he cumplido, me queda dejar de dar el coñazo y ser más diligente con los médicos.

El nuevo papel que me toca es dejar hacer a los demás. Parece un tontada pero, para mí, no lo es. Además lo demás quieren hacer. Si uno sigue vivo es por el increíble afecto de los demás, conocidos o no, que, en este momento y en esta Sociedad, se vuelcan para que la vida de todos sea lo más normal posible. Desde el alcalde que pelea con los bordillos de su ciudad. hasta la Comunidad de vecinos que se rasca el bolsillo y hace accesible el portal “aunque sólo sea para cuando entre nosotros haya una persona mayor”.

Es un papel complicado porque otras personas hacen lo que tú hacías, pero es lo que hay, hay un nuevo papel, otra cosa que hacer o una nueva por dejar hacer.

Ahora entiendo algo lo del testimonio, los chicos tienen que aprender que la vida no es rectilínea, que pasan cosas, incluso, que le pasan hasta al que no le pasa nada, que la vida es variada, que no se pierde ni se aumenta la fe, y que no  se es mejor ni peor, por una enfermedad , etc…

Pero lo importante sigue siendo el oyente, el que hablar no es más que el sobre que lleva la carta. La carta ni es suya ni la va a leer él, sólo ha de ser buen sobre.

curriculum

En este país, dominado por la titulitis, es común poner el los perfiles de las redes sociales que uno ha estudiado en la “Universidad de la calle” o en la “Universidad de la vida” demostrando, además, que os que, por desgracia, tenemos titulo universitario, somos la mitad de espabilados.

De hecho predominan diputados con pocos estudios pero muy ocurrentes en twitter y muy útiles para defender siempre lo mismos, aunque es gente que no suele dialogar de nada (porque no sabe) ni vale para cuestiones técnicas, ahora bien, como analfabetos orgullos de serlo, desempeñan bien su pobre papel.

No reivindico el tener título universitario, de hecho he sufrido quien tiene título, y aun una oposición, y es lo peor. Se le supone algo, y no sabe nada ni vale para nada.

Es tiempo de ir de una vez a las habilidades que uno tenga. con independencia de si están respaldadas por título o no. El título es un mera presunción. Es como si a un español se le pidiera título de saber español en Namibia.

Hay que ir a lo que sabe cada uno y luego dejar hacer a cada uno en lo que sabe.

Últimamente hemos visto a una filóloga interpretando un Reglamento y prescindiendo del consejo de los juristas, o explicaciones absurdas para justificar lo imposible, algo ridículo. La jefatura de los inútiles es algo común, se da más de lo que pensamos y llega al absurdo, es como si yo opinara o decidiera sobre economía. El problema es que el que no sabe, convenientemente jaleado y con buen sueldo, piensa que sabe de todo o puede hacer de todo, Y el que sabe no dice nada por no meterse en problemas, sin saber que, tolerando, vive en el problema, y éste se hace cada vez más grande.

Hay que tener el valor de decirle la verdad al que se cree que vale y no vale nada de nada. Será más feliz reconociendo la realidad.

Los nuevos espartanos

Los espartanos, cuando nacía un niño, lo examinaba un consejo de ancianos, y, si tenía alguna minusvalía, lo despeñaban por un barranco para evitar al Estado los gastos de mantenimiento de una vida poco productiva. Hitler hacía lo mismo. Y hace unos años, cuando aún no tenía esta enfermedad ni por asomo, un compañero/amigo llamaba despectivamente “el subnormal”  a un ujier del Parlamento, que tenía una minusvalía psíquica y había sacado dignamente sus oposiciones y su plaza, a diferencia de muchos otros.

Sucede que ayer oigo hablar a una madre de que su hija ha tenido una reunión convocada ex profeso por el equipo director de una Facultad. Sucede que la niña, que tiene un síndrome que le lleva a hablar con dificultad y a usar silla, va a ir a un Colegio Mayor interna  y la nota le ha dado para estudiar una carrera de prestigio. La reunión fue para desalentar a padres e hija, para decirles que era una carrera muy difícil y que hiciera otra más fácil. Evidentemente, se oyeron de todo y la niña va a empezar la carrera.

Yo creo que no salgo de mi asombro desde ayer, hay quien se cree que, frente al esfuerzo de vivir todos los días, lo importante es un carrera universitaria.

Vaya mentes más limitadas, resulta que la niña se supera día a día, sonríe todos los días, sus padres se separan de ella para que haga su vida aunque conlleve más riesgo, y hay quienes, como los antiguos espartanos, juzgan que no podemos hacer lo mismo que los demás, que, con perdón, pero para nosotros no es para tanto comparado con lo que hacemos día a día, y, nos vienen a decir, que mejor que para qué, que no demos tanto mal, que no hagamos lo ordinario que hay gente mejor.

Cierto que damos mucho mal, en nuestro descargo diré que no es a idea. Siempre se puede volver a tratarnos como ya he descrito antes, siempre se nos puede despeñar por un barranco y fin.

En el fondo yo tengo suerte, esto me ha pillado mayor, mi familia y mi entorno me ayudan sin pedirlo, y la gente siempre ha sido muy maja conmigo, jamás me he encontrado con un gilipollas. Dada mi edad tengo un currículo interesante y, por eso, me doy el lujo de reírme de quien presume de su logros profesionales únicamente.

Cuando digo que no me he tropezado con gilipollas soy muy generoso, ahora recuero dos: una psicóloga y un médico neurólogo. Fíjese que ambos tienen, si no han muerto, carrera.

Frente a la lucha por vivir, una carrera no es sino un elemento más. Puede salir bien o mal, pero no pasa nada. Además ¿qué es salir mal? ¿suspender? o ¿tropezarse con tontos?

Aunque Hitler, y mi amigo, nunca lo vieron, el peor síndrome es el que no se ve, la falta de empatía que te lleva a tratar a los demás como cosas útiles o inútiles. Un riesgo que corremos todos si no humanizamos nuestras ocupaciones.

Asumir la mentalidad espartana es fácil y rentable.