Alegría

Este blog parece el rigor de las desdichas, y no es para eso para lo que lo escribo. La vida del hombre se basa en la alegría, en el contento. No en la risotada (que no está mal) sino en sonreír al esfuerzo.

Yo no sabría definir la alegría pero si ella, la vida se torna oscura y, si no se recupera, no se puede vivir.

La alegría podría ser una sobreabundancia de cosas buenas. Podría ser.

Generalmente somos muy crueles con nosotros mismos, pues, cuando examinamos nuestro actuar, nos fijamos solamente en las acciones que nos han dicho, y hemos asumido, que eren malas, no en las buenas. Y todos hacemos de todo, todos los días.

Iba a decir que hasta Puigdemont, añado que hasta Rufián, estas personas, en su corto y poco ilustrado entendimiento, seguro que hacen algo bueno al día.

Pero hay gente, de todo tipo, que vive más en la tristeza que en la alegría, por la razón que sea. La posibilidades de vivir de esta gente se limitan, desconfíen de ellos si no quieren salir de su tristeza y les parece normal.

Tenemos que hacer a diario un examen de conciencia positivo, de lo que hacemos bien y mejorarlo, la alegría se dará al verlo y en los intentos de mejora. E lo que tiene lo positivo, además, negativo, bastante hay y viene solo.

 

 

Seco

Más que la mojama. Sin idea de qué hacer. Pero esto es común se da siempre que a alguien lo sacas de su rutina habitual, por lo que sea, una enfermedad, una separación, un despido, una prejubilación… Lo cómodo es seguir igual, todo previsto, no cambiar o cambiar poco, sufrir lo menos posible, o que quede bien, ganar cada día un poco más, por  los hijos…

En fin, así hasta el final. Eso, nos cuentan y nos creemos, es lo mejor, pero la  vida no es así ni remotamente, nos esforzamos porque parezca así, sin más. A veces lo parece pero, examinemos, eso se da ahora en algunos países occidentales. En el resto del mundo no parece que se viva igual.

Nos esforzamos en crear una sociedad que no sufra problemas, no que los supere sino que no los tenga. Es como el sobreproteccionismo que ejercemos con nuestros hijos.  Nunca sabemos cuándo dejarlos volar, los castramos, los hacemos inútiles, el problema es que no es por su seguridad sino para estar tranquilos con nuestros miedos.

Miedo al dolor, necesidad de rutinas, de mundos bonitos, de aprobación de tu vida por los demás. Así no hay quien viva, pero todo se sobrelleva hasta que hay un obstáculo, algo no previsto y que no entra en el plan ideal. Ello rompe nuestros planes y un día vemos que no podemos seguir así, que no sabemos qué hacer y que ya nada tiene sentido, tocamos fondo ¿qué hacer?

Caben muchas tonterías, por hacer se puede hacer de todo pero hay que “reinventarse” ver de qué partimos y qué fin tenemos, una vez visto hay que aceptarlo.

Hecho esto, ni hay rutinas, ni vida ideal ni nada que se le parezca. Hay otra vida, distinta, real. Después del golpe, hay que integrarlo, no rechazarlo, y crecer por donde sea, como las plantas aunque no tengan sitio.

El lema de la ciudad de París es “Fluctuat nec mergitur” lo importante es no hundirse, fluctuar con la corriente ¿nadar bien? ¿para qué? si se puede, pues bien, y si no, también.